De las paredes, lo único que prendía era aquel extraño cuadro de tonos azulados al que, a pesar del tiempo, mi mente timorata, todavía no había logrado acostumbrarse. En él, la figura de una mujer desnuda ocupaba la casi totalidad del lienzo. Aparecía sentada en el centro de la composición, apoyada con su brazo izquierdo sobre la tierra cetrina, de modo que su cuerpo, pintado de azul celeste intenso, quedaba ligeramente inclinado hacia el lado siniestro. El mayor contraste con aquellas tonalidades, lo imprimía el color negro de su pelo encrespado. Aparecía toda ella de espaldas al espectador, de modo que no resultaba sencillo vaticinar emoción alguna en su rostro.
jueves, 8 de noviembre de 2007
Suscribirse a:
Entradas (Atom)