

Las olas rompen con furia, pariendo el manto opalino que ahora baña nuestros pies.
Siento la libertad de un día de playa.
Siento la libertad de un día de playa.
Mi mirada se detiene en tu rostro. No carece de hermosura, a pesar de que la edad y las inclemencias de una vida impetuosa surcan por él perennes. Me regalas tu sonrisa de almíbar y tu candor labriego.
Arropados por la brisa, la calidez de un sol de mayo, y el ruido intermitente del mar, emprendemos el viaje a ninguna parte.
Es un momento de color cáscara de huevo. Dalí y Gala bailan por un instante en mi mente. Su recuerdo lleva consigo la memoria de un ayer anhelado, mas hoy manifiesto.
Vuelvo la vista, atrás queda una ristra interminable de pisadas, son pasos henchidos de ilusión, entusiasmo, dicha.
Caminamos hacia adelante, todavía queda un largo trecho por recorrer. La playa sigue ahí para tí, para mí.
Una gaviota nos sobrevuela. El influjo del prestidigitador parece patente. ¿Vestigio de plenitud presagiada?.