
Como personaje extraído de una obra de Oscar Wilde, te eriges en el súmmum del despotismo, danzando diligente por doquier.
Soberbio, egregio, extremo, grandioso para algunos, alma de fantoche para otros. Tu insolencia les desquicia, provocando fiebre. Nunca comulgó la tibieza tu ser osado.
Maestro de extravagancia, aprendiz del caos, siempre desatando furia en lo ajeno.
Miles de miradas siguen ansiosas tu baile allá en lo alto, en el escenario, territorio inalcanzable, distancia que te otorga el título de estrella. Una boa de color cuervo, arropa tu sutil figura. Tu sombra reproduce manierismos breves, precisos, firmes, no podrían ser otros los gestos de un personaje dantesco. Los dedos lucen tersos el recorrido mal trazado del oscuro esmalte. Indumentaria de caballero, artilugios de galán.
Tu carisma fluye perenne por las aguas de tu fuente, palabras de terciopelo yacen apeadas en tu jardín, esperando trémulas que las riegues con una preciosa melodía.
Me entregué al sortilegio de tus letras. Desde entonces vivo anclada en tu mundo cerril, presa de tu desparpajo insolente. Seguirás encandilando con el imperio de tus canciones, reinarás en la disconformidad, brillarás como una estrella, serás recordado con un pseudónimo, el de Bunbury.