
Respondiste a mi señal,
yo a los arrullos de tu voz de almíbar.
Te bañas manso en mi complaciente perplejidad,
yo naufrago calma en tus ojos infinitos.
Guarecidos por el influjo del genio,
impulsados por el deseo del felino azabache,
me pierdo en tus caricias eternas,
tú sucumbes al ruego imperecedero de mis labios.
Pronto partirás.
Hasta tu regreso mantendré incólume tu recuerdo,
egregias las reliquias de nuestro inexorable encuentro
e intacta la inefable dicha que me produce tu presencia.
