
Hoy es una mañana especial, los Reyes han llegado, pero no han venido solos, seres noctámbulos les acompañan. He recibido un paquete de ellos, un presente que yo hoy deseo compartir con vosotros, criaturas del museo de mis sueños. A todos aquellos que no destilaron la dosis exacta de bondad, caridad y compasión, que los mayores prescribieron, quiero regalar el contenido del sobre que, ahora mis trémulas manos, sostienen. Un cuento, sí un relato eterno, aparente, revestido de sórdida melodía. Su artífice, EL ORFEBRE DE LA PALABRA. Espero disfrutéis con su lectura.
EL JARDÍN ENCANTADO
El demonio, el demonio!, gritaron los niños, pero el príncipe no les oyó, y cuando quiso escapar ya era tarde. Él le agarraba fuertemente por su vientre y por su cuello, hincando sus afiladas uñas, y destilando su aliento a muerte y azufre. Le hizo mirar a sus ojos y al instante, le convirtió en piedra, para siempre.
Los niños corrieron divertidos a esconderse bajo las raíces de un gran árbol, fuera del jardín prohibido.
Y desde allí sus ojillos curiosos vieron regresar a la bestia de su cueva hedionda, mientras en el exterior, quedaba la estatua de piedra del príncipe rodeada del resto de estatuas petrificadas de los que, como él, osaran entrar desconfiados en el jardín del demonio.
¿Quién podrá poner fin a la bestia antes de que todos formen parte del jardín encantado?.
La luz se refleja sobre el pulido metal de una armadura, los niños miran de soslayo al caballero que, subido a su corcel negro, se acerca hasta la entrada del jardín.
El caballo resopla, inquieto, presiente el peligro. Animal y hombre avanzan por entre el bosque de estatuas hasta la boca de la cueva.
El demonio, el demonio!- gritan los niños de nuevo para avisar al habitante de la gruta. Y así se enfrentan demonio y caballero antes de arremeterse con furia uno contra el otro.
Suenan las metálicas piezas de la armadura doblegarse y caer, dejando desprotegido al caballero que enarbola su espada con rabia. El yelmo cae, y los ojos del demonio se iluminan de fuego. El viento se agita entre los árboles antes de que el silencio se adueñe del jardín, donde ya queda para la eternidad una nueva estatua de piedra.
EL JARDÍN ENCANTADO
El demonio, el demonio!, gritaron los niños, pero el príncipe no les oyó, y cuando quiso escapar ya era tarde. Él le agarraba fuertemente por su vientre y por su cuello, hincando sus afiladas uñas, y destilando su aliento a muerte y azufre. Le hizo mirar a sus ojos y al instante, le convirtió en piedra, para siempre.
Los niños corrieron divertidos a esconderse bajo las raíces de un gran árbol, fuera del jardín prohibido.
Y desde allí sus ojillos curiosos vieron regresar a la bestia de su cueva hedionda, mientras en el exterior, quedaba la estatua de piedra del príncipe rodeada del resto de estatuas petrificadas de los que, como él, osaran entrar desconfiados en el jardín del demonio.
¿Quién podrá poner fin a la bestia antes de que todos formen parte del jardín encantado?.
La luz se refleja sobre el pulido metal de una armadura, los niños miran de soslayo al caballero que, subido a su corcel negro, se acerca hasta la entrada del jardín.
El caballo resopla, inquieto, presiente el peligro. Animal y hombre avanzan por entre el bosque de estatuas hasta la boca de la cueva.
El demonio, el demonio!- gritan los niños de nuevo para avisar al habitante de la gruta. Y así se enfrentan demonio y caballero antes de arremeterse con furia uno contra el otro.
Suenan las metálicas piezas de la armadura doblegarse y caer, dejando desprotegido al caballero que enarbola su espada con rabia. El yelmo cae, y los ojos del demonio se iluminan de fuego. El viento se agita entre los árboles antes de que el silencio se adueñe del jardín, donde ya queda para la eternidad una nueva estatua de piedra.