el humo acariciaba la garganta,
y mi vino fiel, teñía de púrpura los labios por él guarecidos.
La balada del hombre fúnebre,
y un estremecedor maullido de mujer
invadían de tristeza el escenario.
Candil de ánimas impúdicas, sois.
Luz en sus mundos habitados de tinieblas
Solaz para almas que huyen despavoridas de la ordinariez
Admiración de un público esperpéntico...
Lograstéis reunir a las grotescas mujeres al estilo Julio Torres,
a los hombres de barbas infinitas, fundidos en caricias irreparables
a las hembras livianas incontinentes de sus deseos marchitos
y a cuantos personajes insólitos, atinan en la barra de algún oscuro local.
Nosotros, aves palmípedas,
también tuvimos el honor
de asistir a tal excéntrica congregación
y descubrir aquellos secretos gestados entre bambalinas.
Aquella noche vi cumplido uno de mis sueños,
pude observar mi rostro reflejado en ese espejo.
Un espejo de artista, de tonos rosados, rodeado de bombillas.
El espejo que minutos antes contempló orgulloso
la cara insolente de la mujer que maullaba
y el rosotro consumido del hombre fúnebre.