sábado, 29 de diciembre de 2012
Adiós
Aquella mañana de invierno se habían reunido para despedirme.
Desde el otro lado del pulcro cristal podía ver sus rostros. Por turnos y agrupados, se acercaban compungidos y tristes a mirarme.
Yo podía ver las lágrimas que recorrían sus mejillas, sentir su calor, e incluso escuchar sus voces,
aunque ellos estaban convencidos de que ya no quedaba nada de mí dentro de aquel gélido cuerpo.
Ella también vino a regalarme el último adiós. Vi sus ojos y en ellos la luz. Una luz que al instante se convirtió en profunda oscuridad; una mano volcó la tapa, y me encerró para siempre en una brillante y pulida caja de madera.
Adiós.
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